Por qué decidí anunciar mi embarazo desde el principio

Esta es una entrada enviada por una usuaria de Ava llamada Jill Miller. El bebé arcoíris de Jill nació en abril de 2018.

Sí, elegí anunciar mi embarazo desde el principio. Y sé lo que estáis pensando.

Estaba embarazada de siete semanas cuando mi marido y yo nos encontramos de repente riéndonos a carcajadas en el cuarto de baño, mirando con una mezcla de alegría e incredulidad aquellas dos pequeñas líneas paralelas. Yo ya me encontraba muy por delante de aquella vez en que tuvimos un aborto, más de un año antes.

“¿Lo decimos?” Pregunté, casi en voz baja, como si alguien pudiera estar escuchando con la oreja pegada al otro lado de la puerta. Mi familia (mamá, papá, el abuelo, mi hermano, mi cuñada y mis sobrinos) estaban de visita en nuestro rancho para disfrutar del último fin de semana de verano. Era un soleado domingo por la mañana y nos estábamos preparando para ir a misa en el parque.

“¿Quieres decirlo?”, me preguntó mi marido.

Lo pensé por un instante antes de responder: “Sí”.

Se lo dijimos a mi familia esa misma noche alrededor de una fogata, y nuestras noticias generaron una alegría sincera. Les pedimos que lo mantuviesen en secreto hasta que se lo contásemos a unos buenos amigos y a la familia de la iglesia, y cuando por fin lo colgásemos en los medios sociales y lo hiciésemos “oficial”, podrían cantar como jilgueros anunciando la llegada del nuevo bebé Miller.

A las siete semanas, lo sabían nuestras familias; a las ocho semanas, habíamos llamado a nuestros mejores amigos y, a las nueve, lo dijimos en la iglesia un domingo por la mañana, colgando la noticia esa misma noche en Instagram y Facebook. El mundo sabía que el pequeño Miller estaba de camino, y aún no habíamos llegado a la decisiva semana doce.

Nuestro anuncio temprano del embarazo

La decisión de anunciar nuestro segundo embarazo sin más demoras no fue tan sencilla, pensándolo retrospectivamente. Nació del doloroso desengaño de un aborto temprano, o lo que en términos médicos se conoce como un embarazo “químico”. En abril de 2016, nos enteramos de que íbamos a ser padres a través de las débiles líneas paralelas de una prueba de embarazo barata. Mi marido y yo planeamos decírselo a unos cuantos amigos cercanos, manteniéndolo en secreto para los demás hasta las primeras visitas médicas y el momento clave del final del primer trimestre.

Pero empecé a manchar.

Y aquello se convirtió en sangrado.

En breve empecé a experimentar náuseas y espasmos, el tipo de dolor que sentía con el periodo en la época en que todavía no me habían tratado la endometriosis.

Una analítica confirmó mi peor miedo: el embarazo que apenas había tenido tiempo de asimilar se había terminado.

De repente, tuve que enfrentarme a la dificultad de contarle a mis mejores amigos, de golpe, que el embarazo por el que tanto tiempo habíamos rezado y que tanto habíamos deseado finalizó antes de empezar de verdad.

Estaba devastada.

Contarle a mi madre que había sufrido un aborto, cuando tanto habíamos soñado con poder contar que estaba embarazada, me resultó mucho más duro que lo que habría imaginado.

Y después me sobrevino aquella sensación de vergüenza, una vergüenza abrumadora y aplastante. Creo firmemente que la vergüenza no es un sentimiento que deba asociarse con la pérdida de un embarazo, pero de alguna forma parece prevalecer, como una respuesta emocional inherente. La destacada autora e investigadora sobre la vergüenza Brene Brown la define como algo que me recuerda mucho a mí: afirma que la vergüenza nos lleva a creer que estamos defectuosas de manera ineludible, y que algo que hemos hecho o que ha ocurrido nos ha vuelto impropias o indeseadas. Mi sentido de la vergüenza se agudizó e hizo que me negase a contarle a mucha gente de mi entorno lo que me había ocurrido. Nos dejó a mi marido y a mí a la deriva en un mar de dolor y soledad abrumadora. Nunca me había sentido más sola o triste en toda mi vida, y casi nadie lo sabía. La semana posterior al aborto recuerdo estar en el trabajo, hablando de temas de trabajo habituales, sin poder dejar de preguntarme por qué todo el mundo actuaba con normalidad cuando mi bebé acababa de morir. La respuesta, echando la vista atrás, es sencilla: porque no tenían ni idea de lo que había ocurrido.

Hasta que no me decidí a empezar a abrirme a los demás y a hablarles del aborto que había sufrido, no empecé a notar alivio. De hecho, terminé por darme cuenta de que la carga que conlleva este tipo de experiencias exigía ser compartida con los demás. Como decía mi abuela, “muchas manos aligeran el trabajo”.

Me gustaría pensar que muchos corazones hacen que las cargas sean más fáciles de sobrellevar.

Por qué no me arrepiento de anunciar mi embarazo temprano

 

Ahora, casi dos años y un embarazo después, he aprendido a apreciar el alivio que supone compartir las cargas.  Mi conclusión fue esta: anunciar mi embarazo temprano (antes de la semana 12) significó que otros pudieran compartir mi alegría y mi ansiedad, ofreciéndome el tipo de apoyo que necesitaba si volviese a repetirse lo peor. Si la gente que amábamos sabía del embarazo, podría ofrecernos su apoyo y sus plegarias. Y así, el trayecto, con un final feliz o triste, no sería secreto ni solitario.

Me di cuenta de que compartir esta noticia con los demás me facilitaba la vida en muchos sentidos. Mis compañeros de trabajo entendían por qué estaba totalmente exhausta en lugar de energética, sin necesidad de cuchichear o especular al respecto. Además, se mostraban amables, serviciales y contentos por mí. Nuestros amigos eran dulces, nos felicitaban y compartían nuestra alegría por la noticia. Y todo ello añadió unas semanas más al tiempo relativamente breve que tenía para deleitarme en la luminosidad, la calidez y la atención de un primer embarazo.

Compartir mi embarazo temprano me permitió disfrutar de la alegría de la noticia, en lugar de sumirme en el miedo y la ansiedad. En vez de llevar a mi bebé en el vientre como un secreto por el que te preocupaba obsesivamente (algo que tiendo a hacer en mi día a día, la verdad), el hecho de que otros lo supieran me ayudó a considerar al bebé como una fuente de alegría compartida, y esa dicha era contagiosa. Me hizo huir de mí misma y de mi compulsiva ansiedad y me ayudó a centrarme en la fabulosa posibilidad de tener un niño, en lugar de encerrarme en el oscuro terror a otra pérdida.

Espero que entendáis a lo que me refiero: no digo que anunciar un embarazo de forma temprana sea lo correcto para todas, o que no anunciarlo hasta el final del primer trimestre signifique que eres un manojo neurótico de miedos y ansiedades. Este viaje es diferente para cada mujer. Pero sí que creo que compartir nuestras historias nos ayuda a fortalecernos unas a otras: puede que así le pongamos voz a unos sentimientos que no hemos sido capaces de articular, o tal vez descubramos una perspectiva que no habíamos considerado, e incluso puede llevarnos a actuar una vez que logramos hacer acopio del valor suficiente.

Al fin y al cabo, muchos corazones hacen que las cargas sean más fáciles de sobrellevar.

 

 

 

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2018-05-11T12:17:56+00:00 Embarazo|

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